- Tribuna de Juan Antonio Labat, director general de la Federación Empresarial de la industria Química Española (FEIQUE)
A las puertas de una nueva edición de Expoquimia, y en particular de Smart Chemistry: Green Industry Deal, la industria química vuelve a situarse en el centro de una conversación que ya no puede aplazarse: cómo hacer posible la transición hacia la neutralidad climática sin debilitar la base industrial que debe hacerla realidad.
Durante años, Europa ha construido su ambición climática sobre objetivos necesarios y compartido, pero el contexto ha cambiado con enorme rapidez. La crisis energética, la fragmentación geopolítica, la competencia global, la sobrecapacidad instalada en otras regiones y la creciente presión regulatoria han evidenciado que la transición verde no puede sostenerse únicamente sobre metas, sino que necesita capacidad industrial, inversión, tecnología y competitividad. Sin industria no hay autonomía estratégica. Y sin una industria química fuerte, innovadora y competitiva, no habrá transición posible hacia una economía climáticamente neutra.
La química no es un sector industrial más
La química no es un sector industrial más. Está en el origen de prácticamente todas las cadenas de valor y sus productos son necesarios para la inmensa mayoría de las actividades productivas esenciales: desde la salud, la alimentación o la construcción hasta la automoción, la energía, la digitalización o las tecnologías limpias. Por eso, hablar de competitividad química es hablar también de competitividad industrial, de resiliencia económica y de seguridad estratégica para España y para Europa.
El sector químico español llega a este momento desde una posición de fortaleza estructural. Es una industria sólida, internacionalizada, innovadora y con una elevada capacidad tractora. Cerró 2025 con una cifra de negocios superior a los 85.400 millones de euros, se mantiene como primer exportador de la economía española, con 63.000 millones en ventas exteriores, y continúa siendo el primer inversor industrial en I+D+i. Contribuye al 12% del PIB industrial, al 4% del PIB nacional y genera, de forma directa, indirecta e inducida, más de un millón de puestos de trabajo.
Un equilibrio cada vez más frágil
Pero esa fortaleza convive con un equilibrio cada vez más frágil. La química básica europea, situada al inicio de la cadena de valor y esencial para múltiples sectores industriales, atraviesa una situación crítica. Desde 2022, Europa ha perdido capacidad productiva en este segmento de forma muy relevante -37 millones de toneladas-, con el cierre de más de 120 plantas y el 9% de la capacidad instalada. Y cuando se pierde química básica no se pierde solo una fábrica o una línea de producto, se debilita toda una cadena de valor, se reduce la autonomía estratégica y se compromete la resiliencia industrial del conjunto de la economía.
Las causas son conocidas. Los costes energéticos siguen siendo uno de los principales factores de pérdida de competitividad para la industria química europea. El gas y la electricidad mantienen diferenciales muy significativos respecto a competidores como Estados Unidos o China, lo que condiciona directamente las decisiones de producción e inversión. A ello se suma una demanda europea débil, el impacto de la sobrecapacidad global, las prácticas comerciales desleales, el diferencial regulatorio y la incertidumbre que genera un marco normativo cada vez más complejo.
La competitividad es una condición indispensable para que la industria pueda invertir
En este contexto, la competitividad no puede entenderse como una aspiración empresarial aislada, sino como una condición indispensable para que la industria pueda invertir, descarbonizarse y seguir generando valor en Europa. La industria química está preparada para avanzar hacia la neutralidad climática. De hecho, lleva años impulsando mejoras en eficiencia, innovación, reducción de emisiones, circularidad y desarrollo de soluciones tecnológicas para el conjunto de sectores productivos. Pero la descarbonización industrial exige inversiones de enorme envergadura, tecnologías que en muchos casos todavía presentan costes superiores a las convencionales y mecanismos de apoyo capaces de aportar certidumbre a largo plazo.
Para culminar su proceso de descarbonización hasta 2050, el sector estima que será necesario movilizar en torno a 65.000 millones de euros. Hablamos de electrificación, hidrógeno renovable, captura y uso del CO₂, sustitución de combustibles fósiles, nuevos materiales, digitalización y procesos más eficientes. Todo ello exige planificación, financiación y un marco regulatorio que no penalice precisamente a quienes deben acometer la transformación.
El debate industrial europeo debe pasar definitivamente del diagnóstico a la acción
Por eso, el debate industrial europeo debe pasar definitivamente del diagnóstico a la acción. Europa no puede aspirar a ser climáticamente neutra y estratégicamente autónoma si, al mismo tiempo, pierde capacidad productiva. La reindustrialización no se construye solo con declaraciones, sino con plantas, inversiones, empleo cualificado, infraestructuras, energía competitiva y cadenas de valor completas. La autonomía estratégica no puede ser una idea abstracta: necesita tejido industrial real.
En esta dirección, las prioridades del sector son claras. En primer lugar, disponer de un precio final de la energía competitivo y previsible. Sin energía competitiva no habrá inversión industrial sostenida. En segundo lugar, avanzar hacia una simplificación regulatoria real, que mantenga la ambición climática, pero garantice proporcionalidad, eficiencia y compatibilidad con la competitividad industrial. En tercer lugar, reforzar los instrumentos de defensa comercial, porque protegerse frente a prácticas desleales no es proteccionismo, sino una condición básica para preservar empleo, producción y autonomía estratégica. Y, finalmente, desplegar mecanismos eficaces de apoyo a la inversión en descarbonización, como los Contratos por Diferencias de Carbono, que permitan reducir el riesgo económico asociado a tecnologías limpias aún más costosas.
Expoquimia 2026 llega, por tanto, en un momento especialmente oportuno. No solo como escaparate tecnológico, sino como punto de encuentro para abordar los grandes retos de la industria química y de proceso. Y Smart Chemistry: Green Industry Deal, impulsado por Feique, persigue precisamente esa vocación.
La competitividad no es el reverso de la sostenibilidad, es la condición que la hace viable
La competitividad no es el reverso de la sostenibilidad, es la condición que la hace viable. Y esa es, probablemente, una de las grandes ideas que debe salir reforzada de Expoquimia y de Smart Chemistry: no habrá neutralidad climática, ni autonomía estratégica, ni reindustrialización europea sin una industria química fuerte, competitiva y capaz de transformar los retos actuales en progreso industrial, económico y social.

